Getsabet López Hernández
Infierno en la tierra
Cazadores
Es el año 2079. Han transcurrido dos décadas desde que la Puerta del Infierno
se abrió, trayendo consigo una invasión de demonios a la Tierra.
En la actualidad, los demonios gobiernan el mundo a su antojo, aniquilando a
cualquier humano que se les interponga, o meramente por diversión.
© 2021
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Getsabet López Hernández
Getsa L. H. Desde pequeña siempre me fascinó crear historias fantásticas junto a mi
hermana gemela, con quien comparto un vínculo muy especial e
inquebrantable; historias en las que nos encantaba sumergirnos cada vez que
teníamos oportunidad. Con el tiempo, creció en mí el deseo de compartirlas a
través de la escritura y los libros
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Infierno en la tierra
Es el año 2079. Han transcurrido dos décadas desde que la Puerta del Infierno se abrió, trayendo consigo una invasión de demonios a la Tierra. En la actualidad, los demonios gobiernan el mundo a su antojo, aniquilando a cualquier humano que se les interponga, o meramente por diversión. A pesar de todo, todavía existen grupos de personas autonombrados Cazadores de demonios, cuyo único propósito es librar al mundo de estos perversos seres.
Jody Hudson es una chica de diecisiete años quien lucha por sobrevivir en un mundo caótico. Arrastrada por sus propias convicciones, formará alianza con un Cazador malhumorado con un pasado misterioso, y un único ángel sobreviviente. Con su ayuda, Jody llevará a cabo un plan que podría ponerle fin al infierno que existe en la Tierra.
Infierno en la tierra
Capítulo 1
Pontiac, Illinois, 26 de octubre de 2079.
¡Talán, talán, talán!
Desde lo alto de la torre del reloj de un edificio viejo y descuidado, el
repicar de campanadas resonó una y otra vez como tambores en el centro de la
ciudad, como si anunciara algún evento importante al que asistir. Sin embargo, las
calles, llenas de montones de papeles y basura, se mantuvieron extrañamente
silenciosas y vacías, carentes de vida.
Ya era de noche, y el viento soplaba como espinas heladas que podrían
clavarse en la piel de cualquiera que se encontrara afuera; se acercaba el crudo
tiempo de noviembre. No obstante, el clima helado no era la verdadera razón por
la que las calles de la gran ciudad estaban más solas que un cementerio.
«Los demonios… están por todas partes…», solía decir la gente para aterrar
a los más pequeños y evitar que hicieran travesuras o se portaran mal por el resto
del año. ¿Quién pensaría que aquellas simples palabras se harían realidad un día,
aterrando incluso a los más grandes?
El mundo exterior ya no se parecía en absoluto a lo que alguien en la
treintena recordaría de su niñez, tal vez solo en sus sueños más vívidos. En la
actualidad, las calles de la gran ciudad estaban repletas de basura y de un sinfín de
objetos personales que un centenar de personas parecían haber abandonado a
toda prisa junto a sus autos, de diversos tamaños y modelos. La mayoría de las
infraestructuras, casas y establecimientos, estaban deterioradas, sucias y
deshabitadas, con ventanas, techos y puertas rotos, albergando ratas y criaturas
ponzoñosas que deambulaban sobre objetos todavía más sucios, e incluso sobre
cadáveres putrefactos, en busca de algo para alimentarse. La ciudad entera parecía
haber sufrido una especie de holocausto repentino.
No obstante, a pesar de tales circunstancias desalentadoras, debajo de aquel
oscuro y sombrío mundo, en lo más profundo de las alcantarillas de la ciudad, la
vida humana aún intentaba sobrevivir con desesperación.
Un tumulto de gente se había reunido frente a un aparente puesto
ambulante con un solo propósito: ser el primero en satisfacer sus necesidades. Y el
bullicio era lo único que predominaba.
—¡Necesito galones de gasolina! —gritó un hombre en el fondo.
—¡Por favor, deme algunas barras de chocolate! —exclamó otro.
—¡Medicina! ¡Necesito medicina para mi hijo enfermo! —solicitó ansioso un
hombre de mediana edad.
—¡Sal del camino o te arrancaré los ojos! ¡Yo llegué primero!
—¡He estado aquí desde hace una hora!
De pronto, dos hombres enfurecidos levantaron los brazos uno frente al
otro, a punto de empezar una pelea en medio de aquella trifulca ruidosa.
—¡Si no se forman cerraré el lugar y todos ustedes tendrán que irse a otra
parte a buscar lo que necesitan! ¡¿Entendieron?! —exclamó con malhumor una
mujer de cabello rizado a la sórdida multitud que se empujaba detrás de la barra y
el mostrador de su puesto ambulante.
Al lado de la mujer había dos hombres musculosos, uno alto y el otro más
bajo, portando grandes rifles que amenazaron con usar si la gente no atendía las
palabras de la vendedora a la que custodiaban. Poco a poco, aunque con evidente
molestia y desesperación en sus rostros, la multitud comenzó a formarse, unos
detrás de otros, pero sin dejar de empujarse.
Al frente de la fila desordenada, una jovencita de largos cabellos rubios y un
singular mechón de color violeta, con la mayor parte del rostro cubierta por una
cachucha, se acercó con premura a la mujer vendedora.
—Necesito víveres para dos semanas, agua, medicamento para heridas,
vendaje y comida… —le solicitó, ansiosa.
Por un breve momento, la mujer de cabello rizado examinó con
detenimiento a la joven que estaba frente a ella. Aunque la joven llevaba aquella
cachucha sobre su cabeza cubriéndole los ojos, notó que apenas era una chiquilla.
¿Qué hacía una niña como ella en un lugar como ese y sin aparente compañía? Se
preguntó la mujer. No obstante, como toda una mujer de negocios acostumbrada a
ver toda clase de situaciones desfavorables, se limitó a preguntarle:
—¿Tienes la paga suficiente para comprar todo lo que solicitas? —Se cruzó
de brazos y esperó una respuesta de la joven.
La jovencita tomó la pesada mochila que llevaba en su espalda, abrió la
bolsa más grande y de su interior sacó dos recipientes cuadrados que colocó
ruidosamente sobre la barra del puesto de la mujer.
—¿Esto es suficiente? —le dijo.
—Oh là là… —dijo la vendedora, tomando ambos recipientes para
examinarlos con asombro—. Son baterías de Boritio compactas… ¿Dónde diablos
las has conseguido?
—¿Son suficientes? —repitió la joven, reacia a obtener una respuesta
afirmativa de la mujer.
La mujer de cabellos rizados abrió los ojos ante las palabras desdeñosas de la
chica, pero casi de inmediato sonrió, sacó un cigarrillo del bolsillo de su camiseta, se
lo colocó en la boca y lo encendió.
—Me gusta tu actitud. Sigue así y vivirás lo suficiente para contarlo. —Se
dio la vuelta, tomó varias cosas y las colocó una a una sobre la barra—. Ahí tienes
todo lo que pediste. Ahora sal de la fila y de mi vista —terminó diciendo,
malhumorada.
La joven tomó con rapidez las cosas sobre la barra, las guardó en su mochila,
la cerró de inmediato y se la echó nuevamente sobre la espalda antes de salir a
empujones de entre la multitud que ya comenzaba a inquietarse otra vez.
Aquel lugar inmundo, lleno de basura, pestilencia, agua sucia y ratas, hizo que
la chica quisiera salir lo más pronto posible; estaba nerviosa y la oscuridad en las
alcantarillas no ayudaba a la poca tranquilidad que le quedaba. Miró en todas
direcciones y, afortunadamente, la escasa luz que todavía había allí abajo le mostró
el camino por donde había entrado: unas escaleras de alcantarilla.
Sin pensar en otra cosa, subió las escaleras. Cuando llegó a la cima, levantó la
tapadera de la alcantarilla en la calle y la apartó, procurando hacer el menor ruido
posible. Luego, saltó ágilmente a la superficie, lejos de aquel aire pútrido y agobiante
que ya comenzaba a causarle náuseas. A toda prisa, corrió y se escabulló en una
oscura y solitaria calle. Aunque su estadía en las alcantarillas había sido peligrosa e
inquietante, su nerviosismo aumentó considerablemente desde que puso un pie en las
calles de la ciudad.
Con las manos temblando, cubrió su pecho con la chamarra cazadora de color
verde militar que vestía, agachó la cabeza y bajó la visera de su cachucha aún más
para ocultar su rostro.
—Que no te vea ninguna cámara de vigilancia… Que no te vea ninguna…
—murmuró para sí misma, mientras aceleraba su paso a través de la calle oscura y
solitaria.
Pero, cuando apenas dobló la esquina, divisó a tres hombres vestidos con
trajes demasiado elegantes, parados en medio de la calle, riendo y charlando como
un grupo de adolescentes que había salido de fiesta durante la noche.
La chica palideció, detuvo sus pasos abruptamente y se escondió detrás de
una pared justo a tiempo.
—Demonios… ¿Qué hacen aquí? —se maldijo con desesperación—. Tengo
que regresar por otra parte…
Para su suerte, aquellos tres hombres continuaron de espaldas a ella, mirando
y burlándose de lo que parecían ser los cadáveres descuartizados de dos
desafortunadas personas en el suelo.
Sin pensarlo dos veces, la chica se movió en otra dirección. Todavía asustada y
nerviosa por si alguno de los extraños la había visto y seguido, aceleró el paso. Pero,
al girar en otra dirección, tropezó con un bulto pesado debajo de un montón de
basura. Desafortunadamente, sus intentos por detener su caída fueron en vano y,
finalmente, terminó cayendo sobre su estómago. No gritó ni hizo ningún ruido que
pudiese alertar a alguien. Sin embargo, su gorra cayó al suelo y se deslizó a solo unos
centímetros de sus manos.
Con dolor, se puso de pie, sacudió su chamarra y pantalones un par de veces, y
cuando recogió su gorra y alzó la vista, observó, sobre una pared frente a ella, una
pequeña y casi indetectable cámara de vigilancia, cuya luz roja pareció advertirle de
la muerte misma. Su rostro volvió a palidecer de una forma indescriptible; sus labios
y manos temblaron, pero antes de que el terror la invadiese por completo y la
paralizara en el lugar, colocó la cachucha sobre su cabeza y corrió a toda velocidad
en cualquier dirección, como si ya no le importase ser vista o si sus pasos eran
escuchados por alguien en las cercanías.
Tan pronto entró en un callejón, redujo la velocidad y apartó un gran
contenedor de basura —con pequeñas ruedas escondidas—, descubriendo debajo
una rendija ancha. Se trataba de la entrada secreta a su refugio.
Quitó la rendija y saltó sobre un bordecillo de madera del pasadizo secreto,
descendió unas escaleras y finalmente llegó a lo que parecía un cuarto bien
iluminado. Estaba lleno de objetos que apenas la dejaban moverse. Había múltiples
aparatos extraños esparcidos por toda la habitación, papeles, una mesita, un
pequeño refrigerador, una radio, un baño diminuto y una litera con dos camas;
aquello era apenas un refugio para sobrevivir.
Cerca del pequeño refrigerador, la chica tomó una gran mochila de camping,
la cual intercambió por la que llevaba en su espalda, vaciando su contenido en la más
grande. Tomó algunas otras cosas y, cuando estaba a punto de marcharse por donde
había llegado, detuvo sus pasos abruptamente. Se dio la vuelta, quitó diversos
papeles de la mesita y tomó un pequeño teléfono celular que parecía viejo. Con los
dedos aún temblorosos, encendió el teléfono y presionó con rapidez sus botones. Al
parecer, escribía un mensaje urgente, que envió a un número desconocido. Apagó el
teléfono y lo guardó en el bolsillo de su chamarra.
Sin más tiempo que perder, salió del refugio y se apresuró a la calle. Pero justo
antes de salir del callejón, fue interceptada por tres hombres vestidos de traje —los
mismos que había visto hacía un momento—, cuyos cuerpos y escalofriantes rostros
se materializaron frente a ella, iniciando como una especie de arena negra que
finalmente se convirtió en cuerpos humanos completos.
Los tres hombres la miraron con sus penetrantes ojos completamente negros
—desde la esclerótica, hasta la pupila y el iris—, como si observaran a una presa
suculenta. Aquellos ojos parecían querer engullirla en su oscuridad, lo que hizo erizar
los vellos de su piel.
—Pero miren nada más a quién tenemos aquí… —dijo el demonio de
cabellos rubios, con una inquietante sonrisa cubierta por grandes dientes blancos y
limpios—. Nada más y nada menos que a “la niña de papá”… ¿Ibas a alguna parte?
La chica retrocedió un paso, pero antes de que pensara en correr en cualquier
otra dirección para alejarse, uno de los otros dos demonios apareció detrás de ella
como una ráfaga de viento y la sujetó por detrás.
—¡Suéltame, maldito monstruo! —exclamó la chica con miedo y rabia,
retorciéndose como una serpiente para intentar librarse de su captor.
—Increíble, esta pusilánime es muy valiente al llamarnos así —se burló el
demonio. Miró a los otros dos y los tres rieron a carcajadas al mismo tiempo.
¡BANG!
El sórdido sonido de un cañón, cuya bala atravesó la cabeza del demonio que
sujetaba a la chica, aturdió y cesó la risa de los tres.
El agujero que había hecho aquella bala en la frente del demonio no salpicó
una sola gota de sangre y, de forma inexplicable, comenzó a extenderse como un
agujero negro a través de toda su cabeza, desintegrándola por completo. En solo un
par de segundos, no solo su cabeza se desintegró, sino también su cuerpo, y las ropas
se convirtieron en una especie de arena negra que se deslizó hasta el suelo en un
montículo. Así, la chica se liberó de su captor y corrió hacia un lado de la calle, no
menos aterrada que antes, detrás de unos botes de basura, mientras sacudía sus
ropas con repudio y miedo por los restos arenosos que habían caído sobre ella.
Al igual que los aturdidos demonios, la chica no tenía idea de dónde había
provenido aquel disparo, pero, antes de que pensara en solo correr para alejarse del
lugar, observó a un hombre alto —de casi dos metros de altura— acercarse al lugar
desde el otro lado de la oscura calle. El enigmático hombre llevaba puesta una
chaqueta café, pantalón de lona de algodón oscuro y botas militares. En sus manos
sostenía un rifle de asalto militar, con el cual apuntaba a los otros dos demonios
restantes.
—¡¿Te encuentras bien?! —le preguntó el extraño hombre a la chica.
La chica ni siquiera pudo responder a su pregunta. Aterrada, observó a uno de
los dos demonios transformar su cuerpo entero en arena negra, la cual se abalanzó
en el aire como un enjambre de avispas enfurecidas, directo hacia el hombre con el
arma.
El hombre, inesperadamente, hizo a un lado su rifle de asalto, llevó su mano
derecha detrás de su cintura y desenfundó un gran cuchillo de caza, cuyo filo emitía
un extraño y tenue brillo blanquecino. Con el cuchillo en la mano, se tumbó con
rapidez sobre su espalda, al mismo tiempo que lanzaba un tajo al aire, justo en el
enjambre negro que ya tenía encima de él.
El enjambre negro volvió a tomar la forma corpórea del demonio. Este se llevó
ambas manos al cuello, cubriendo un profundo tajo que casi lo decapitó, mientras
retrocedía tambaleante un par de pasos.
Con los ojos bien abiertos, miró al hombre del cuchillo y, antes de que su
cuerpo se convirtiera en un montón de arena negra en el suelo, balbuceó apenas:
—Maldito hijo de p…
El hombre, ágilmente, se puso de pie de un salto y, aún con el cuchillo en
mano, miró al demonio restante de forma amenazante, esperando su ataque.
Sin embargo, el demonio de cabellos rubios retrocedió dos pasos, con
indudable miedo, y, antes de que el hombre con el cuchillo se dispusiera a dar un paso
adelante, este volvió su cuerpo en arena negra y salió disparado hacia el cielo, en una
dirección desconocida.
El hombre bajó el cuchillo y, extrañamente, suspiró aliviado. Lo enfundó de
nuevo detrás de su espalda con cierta tranquilidad, se agachó y metió la mano dentro
del montículo de arena negra que tenía enfrente. Removió un poco toda la arena y,
después, tomó y sacó un pequeño objeto, muy parecido a un pedazo de carbón, pero
de un interesante color rojo. Lo examinó un poco y lo guardó en uno de los bolsillos
laterales de un cinturón que llevaba puesto alrededor de su cintura y pantalón. Luego
caminó hacia el otro montículo de arena negra que estaba cerca de la chica e hizo lo
mismo que con el otro.
Por un momento, a la chica le pareció que aquel extraño hombre se había
olvidado de su presencia. Con la respiración agitada y casi con la boca abierta,
debido a la impresión de lo sucedido, observó al hombre desde su lugar sin moverse ni
decir una palabra.
—¿Te encuentras bien? ¿No te lastimaron? —le preguntó finalmente el
hombre, levantándose y girándose para verla.
La chica trató de calmarse y miró con detenimiento al hombre. El extraño
frente a ella no solo era alto; también era grande y musculoso. Sus cabellos eran
castaños y llevaba un bigote y barba de algunos días. Su cara era cuadrada y tenía la
barbilla partida; esto le añadía un atractivo varonil. No obstante, sus ojos grises
—extrañamente vacíos— la hicieron sentir inquieta y dudar de su confianza y
seguridad.
Pese a ello, trató de enfocar su interés en que aquel extraño había eliminado a
dos demonios y había hecho huir a un tercero.
—¿C-cómo lo hiciste?… C-con el cuchillo… ¿Cómo hiciste volver a ese
demonio a su forma corpórea y lo eliminaste así? —se atrevió a preguntarle con
nerviosismo.
El hombre sonrió.
—Oh, eso. Digamos que es un pequeño juguete que tengo reservado solo
para ellos —dijo, caminando con desinterés—. ¿Y qué hace una niña como tú en
estos lugares? ¿Tus padres no te dijeron que los demonios atacan, sobre todo por
la noche? A partir de ahora, deberías ser más cuidadosa con tus decisiones de
rebeldía —añadió.
Sin más, el hombre se alejó de la chica y caminó al otro lado de la calle, donde
estaba estacionada una camioneta todoterreno de cuatro puertas, cuatro grandes
ruedas y una más de repuesto, sujeta en la puerta trasera. Además, la camioneta
contaba con múltiples faros de luz, arriba y abajo, así como un amplio soporte de
metal para equipaje. Aunque parecía una gran camioneta, la pintura negro-grisácea
desgastada, tierra y lodo —sobre todo en sus costados y llantas— la hacían lucir algo
vieja y maltratada.
Cuando la chica observó aquella camioneta, se puso de pie con rapidez, y,
olvidando su entumecimiento, se apresuró a seguir al hombre.
—¿Es tuya? La camioneta —le preguntó, asombrada—. Hacía mucho que no
veía un modelo como ese… ¿Funciona?
—Por supuesto que funciona —contestó—. La llevo a todas partes; es casi
como una bebé para mí —terminó diciendo con una sonrisa, mientras abría la
puerta trasera de la camioneta y colocaba su rifle de asalto dentro.
—¿Y a dónde te diriges ahora? —preguntó, más nerviosa que antes.
—¿Por qué la pregunta? —respondió, desconfiado. Cerró la puerta trasera
de la camioneta y examinó a la chica de arriba abajo—. ¿No debería ser momento
de que regreses con tus padres? ¿O es que estás sola?… —terminó preguntándole
con cautela, temiendo decir algo inapropiado.
—Solo pregunto por curiosidad…
—Me dirijo a Wisconsin —contestó el hombre, finalmente.
—Llévame contigo.
Inesperadamente, la chica caminó presurosa hacia un costado de la
camioneta, abrió la puerta del copiloto, se quitó la mochila de camping que llevaba
en su espalda y, sin pena, la echó a los asientos traseros, al mismo tiempo que tomaba
asiento en el lugar del copiloto.
—Ey, ey. Espera un momento… —dijo el hombre, aturdido, deteniendo con
rapidez la puerta del copiloto que la chica estaba a punto de cerrar—. ¿Cómo
puedes invitarte solo así? Ni siquiera sabes quién soy.
—Eres un Cazador de demonios —respondió sin titubeos—. Son los únicos
que se atreven a enfrentarse a ellos. Además, las armas que usas te delatan como
uno.
—¿Y qué si soy un Cazador de demonios? ¿Cómo sabes siquiera que soy
confiable?
—Salvaste mi vida, así que eso es suficiente para mí —respondió la chica
sin preámbulos.
El hombre estaba a punto de refunfuñar con otra pregunta que lo ayudara a
salir de tan inesperada situación, pero, debido a las últimas palabras de la chica,
terminó quedándose mudo. Suspiró y, tras un momento de silencio, dijo con más
seriedad:
—Baja de mi camioneta. No hago de niñera para nadie.
Tomó del brazo a la chica y, antes de tirar de ella para arrastrarla fuera de la
camioneta, la chica exclamó, exasperada:
—¡No necesito que me cuides! Solo quiero que me dejes en Rockford, que
está de paso. Necesito llegar ahí lo antes posible… Eso es todo… Por favor
—terminó, casi suplicándole.
La mirada de la chica, aunque parecía determinada y valiente, le reveló una
extraña desesperación debido al repentino enrojecimiento de sus ojos.
El hombre suspiró una vez más y soltó el brazo de la chica.
—Muy bien. Pero que quede claro que solo acepto porque Rockford me
queda de paso —le dijo finalmente—. Te dejo ahí y me largo, ¿de acuerdo? Tienes
suerte de que acabo de llenar el tanque de gasolina.
—Gracias.
La chica cerró la puerta del copiloto y se abrochó el cinturón.
—¿Por qué presiento que me voy a arrepentir de hacer esto? —se dijo el
hombre de cabellos castaños. Subió a la camioneta, encendió el motor y se puso en
marcha hacia el destino de la chica.
CAPÍTULO
2
Cuando la camioneta salió de la ciudad y comenzó a transitar por la carretera
desolada, la chica de cabellos rubios observó al hombre encender el estéreo, que,
asombrosamente, aún funcionaba. Apenas la música comenzó a sonar, se sorprendió
al escuchar el estilo que el hombre tras el volante parecía disfrutar, aquel particular
swamp rock. Aunque no le desagradaba del todo, tras más de una hora escuchándolo
sin pausa, comenzó a causarle un notable fastidio. No obstante, le parecía una falta
de respeto pedirle al hombre que apagara la música.
Incómoda, recargó su mejilla sobre el brazo derecho y miró hacia la ventana,
con la única intención de distraerse con cualquier cosa en el exterior que no fuera la
música que amenazaba con encarnarse en su cerebro ni la falta de interés del
hombre por intercambiar una palabra con ella.
Finalmente, aquel comportamiento de la chica, junto con el gran suspiro que
salió de su boca, le dio al hombre una pista sobre su aburrimiento. Sin previo aviso,
bajó el volumen del estéreo y decidió romper el silencio incómodo que había entre
ambos.
—¿Y cuál es tu nombre? —preguntó el hombre.
—¿Por qué te interesa saberlo? —contestó la chica sin apartar la vista del
horizonte.
—Vaya, qué actitud. Creí que querías charlar un poco —dijo el hombre
sorprendido—. Los adolescentes siempre con sus malos modales… —añadió con
una sonrisa a medias, arrepentido de haber abierto la boca. Pero, antes de que su
mano regresara al estéreo para subir el volumen de la música, escuchó a la chica
suspirar nuevamente y hablar.
—Jody… Mi nombre es Jody Hudson, ¿y el tuyo?
—Byron.
—¿Solo Byron? —preguntó Jody, extrañada.
—Sí. Solo Byron, a secas.
—¿Y ahora quién es el de los malos modales?
—Solo digamos que nunca tuve un apellido al que apegarme, desde antes de
que todo esto comenzara.
—L-lo lamento… —se disculpó Jody.
Aunque era consciente de que no había dicho ni hecho algo tan grave al
preguntarle su apellido, prefirió guardar silencio nuevamente. Tras un momento, se
giró hacia los asientos traseros y comenzó a rebuscar en una de las bolsas de su
mochila de camping; una acción que Byron observó de reojo.
Al cabo de unos segundos, Jody sacó lo que parecían ser dos barras de cereal.
Se sentó de forma correcta sobre su asiento y extendió su mano hacia Byron.
—¿Quieres comer una? Yo muero de hambre.
—Cómelas tú —le respondió Byron—. Yo ya he comido antes de
encontrarnos.
—Bien. Entonces guardaré la tuya para después.
Jody tomó una de las barras y la guardó en su chamarra. Abrió su barra de
cereal y comenzó a comerla con rapidez. Cuando terminó, se quitó la cachucha que
llevaba, revelando su rostro agraciado y sus bellos ojos color aceituna. Luego, con los
dedos, empezó a peinar su larga y lacia —pero enredada— cabellera rubia.
—¿Y ese mechón violeta en tu cabello? —le preguntó Byron al observar
aquel mechón sobresalir entre los cabellos rubios de la chica—. Debo decir que tus
gustos son muy particulares… ¿Alguna razón para teñirlo de ese color tan
llamativo?
Jody tomó su mechón violeta y, tras un momento, respondió:
—Era el color favorito de mi madre… Teñirlo así me recuerda a ella…
Sin duda, Byron notó la tristeza en esas palabras, guardó silencio y decidió no
preguntar más sobre lo que quizás una joven como Jody no quería compartir.
No obstante, fue la propia Jody quien continuó hablando:
—Mi madre murió hace quince años. La asesinaron demonios. Aunque yo
era muy pequeña cuando falleció, aún recuerdo vagamente su rostro, su voz
cuando me cantaba por las noches…, su largo cabello rubio, su vestido violeta
favorito… y sus manos tan suaves… La extraño mucho.
Byron continuó guardando silencio un momento más, pero finalmente dijo:
—¿Y tu padre, o tu familia, dónde están? Lamento decirlo, pero no creo que
una chica como tú haya sobrevivido sola todo este tiempo. ¿Vas a Rockford para
reunirte con alguno de ellos?
Jody negó con la cabeza.
—Voy a Rockford para encontrar a un amigo de mi padre. Quizás él pueda
decirme en dónde se encuentra mi padre.
—¿Quieres decir que tu padre te abandonó? —preguntó Byron,
sorprendido.
Jody volvió a negar con la cabeza.
—Como muchas personas, mi padre y yo viajamos de un lugar a otro para
evitar ser encontrados por demonios. Pero durante estos últimos meses nos
quedamos en Pontiac. Cada vez que mi padre salía, me repetía: «Si no regreso en
una semana, debes salir del refugio e ir a Rockford para reunirte con mi amigo», un
hombre llamado George Smith.
—Así que tu padre desapareció hace una semana y por eso saliste. —Byron
finalmente comprendió la situación de Jody, la que la había puesto en el peligro en
el que la encontró.
—No. Eso fue hace tres semanas —contestó Jody.
—¡¿Tres semanas?! —exclamó Byron, sorprendido—. ¿Te quedaste dos
semanas más esperando el regreso de tu padre? No quiero ser grosero, pero a
estas alturas debes saber que las cosas no pintan bien para él… o para ti.
—Tenía la esperanza de que mi padre volvería si me quedaba más tiempo
allí. Solo debía salir por víveres y regresar a nuestro refugio para seguir
esperándolo… Pero las cámaras de vigilancia que instalaron esos demonios en la
ciudad terminaron por encontrarme —dijo, frustrada—. No tuve más opción que
huir e ir a buscar a George. Estoy segura de que mi padre sigue con vida y voy a
encontrarlo.
—¿Y se supone que ese tal George Smith estaría esperándote en Rockford
con los brazos abiertos en cualquier momento si tu padre desapareciera? —Byron
le preguntó a Jody, con serias dudas.
—Por supuesto que no. Mi padre me dejó esto —dijo Jody, sacando del
bolsillo de su chamarra el viejo teléfono celular y mostrándoselo a Byron—, para
que le enviara un mensaje a su amigo y pudiera reunirme con él…
—¡Deshazte de esa cosa! —ordenó Byron, exaltado, frenando de golpe la
marcha de la camioneta—. ¿No sabes que los demonios pueden rastrear esos
dispositivos con su tecnología?
—¡Cálmate! —exclamó Jody, alterada, tratando de mantener la calma—.
Este teléfono es encriptado, con mensajes encriptados. ¡¿Crees que soy tan tonta
como para usar uno que pueda rastrearse?!
Byron echó una breve mirada al viejo teléfono en la mano de Jody.
Visiblemente, aquel dispositivo era muy distinto de los que solían usarse incluso antes
de la llegada de los demonios a la Tierra; así que, después de aclarar sus dudas, tosió
avergonzado un par de veces y aceleró nuevamente su camioneta.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
Aliviada, Jody suspiró. Estaba segura de que, de no haberse aclarado aquello,
el hombre la habría dejado tirada allí mismo, en la carretera, a su suerte, en medio
de la nada.
Durante la siguiente hora de viaje, Jody y Byron optaron por no hablar más y,
en cambio, dejaron que la música llenara otra vez el silencio incómodo entre ambos.
Conforme se acercaban a su destino, uno muy próximo que les indicó un
letrero en la carretera, Byron se volvió más serio de lo que Jody pudo comprender.
Frunció el ceño y parecía tener serias dudas internas.
—¿Está todo bien? —le preguntó Jody con extrañeza.
De repente, Byron detuvo su camioneta en una calle solitaria, a la entrada de
la ciudad. Como la mayoría de las otras calles, esta lucía sucia y estaba llena de
automóviles que bloqueaban el camino.
—Bien. Hemos llegado —le dijo Byron.
Aún era de noche, así que Jody observó aquella oscura y desolada calle con
cierto temor. Pese a ello, no quiso poner de mal humor a Byron si lo hacía esperar
más, por lo que solo tomó su gran mochila y abrió la puerta de la camioneta.
—Gracias por traerme hasta aquí —le dijo antes de bajar.
—Espera un momento —le dijo Byron a Jody. Bajó de la camioneta y se
movió con rapidez hacia la parte trasera—. Ven aquí —le indicó, abriendo la puerta
de atrás.
Sin saber exactamente qué ocurría, Jody bajó de la camioneta, cerró la puerta
y se acercó a Byron.
—¿Qué es lo que pasa? —le preguntó, confundida.
Al decir esto, fue sorprendida por una lluvia de diminutas gotas de aparente
agua que Byron roció sobre su rostro.
—¡¿Qué es esto?! ¡Qué asco! ¡¿Por qué huele tan mal?! —exclamó, enojada y
asqueada, mientras su ropa también era rociada por el líquido que salía de un
pequeño aerosol en la mano de Byron.
—Trata de soportarlo. Este olor “apestoso” desaparecerá para tu nariz en
unos minutos. Nos ayudará a ocultar temporalmente nuestro olor de los demonios
—le respondió, mientras él mismo se rociaba el extraño líquido sobre el rostro y la
ropa—. Y será mejor que no preguntes con qué ingredientes está hecho…
—terminó, casi murmurando.
—¿Qué dijiste? —preguntó Jody, sorprendida, olvidándose del hedor que su
cuerpo despedía—. ¿Estás diciéndome que me acompañarás?
Byron sonrió.
—Yo creo que sí —contestó.
Luego, dentro de la cajuela —justo detrás de los asientos traseros— tomó una
piernera para pistola, que ató entre su cinturón y por encima de su rodilla derecha.
Después, escudriñó entre un montón de cosas que había también en la cajuela y,
finalmente, sacó una caja de cartuchos de 9 mm. La abrió y colocó ocho balas en la
pistola que desenfundó de su piernera.
—Esta ciudad es peligrosa. ¿De verdad piensas que sobrevivirás tú sola?
—dijo sin más.
—Todas las ciudades son peligrosas. ¿Por qué esta debería ser diferente?
—respondió Jody, fingiendo no estar asustada.
Byron la miró por un breve momento y le dijo:
—Sé que intentas parecer una chica ruda frente a todos para que no te
traten como a una niña débil; créeme, lo he visto muchas veces. Pero te equivocas
si crees que tu falsa valentía te ayudará con esto, en especial esta ciudad.
Jody guardó silencio.
—En los últimos años, Rockford se ha convertido en una de las ciudades con
más avistamientos de demonios, tanto de día como de noche. No me explico por
qué tu padre querría que vinieras a un lugar así… —le dijo Byron, cerrando de
golpe la puerta trasera de la camioneta—. ¿Tienes la dirección exacta de adónde
debemos ir?
—Avenida Harrison #58…
—Bien. Te llevaré hasta allá para asegurarme de que te reúnas con el amigo
de tu padre, y después de eso, seguiré con mi camino. Andando.
—¿Y solo llevarás esa arma tan pequeña? —le preguntó Jody, nerviosa—.
¿Qué hay de la otra más grande?
—Ya no me quedan balas para el rifle de asalto —contestó Byron—. La
última la utilicé para salvarte en aquel callejón, ¿lo recuerdas? Entenderás que
debo reabastecerme con urgencia… Solo me quedan ocho balas para esta. Así que
te recomiendo que abras bien los ojos y no te alejes de mí.
Como un hombre evidentemente bien adiestrado militarmente, Byron avanzó
sigiloso por la calle, con la pistola en la mano, mirando en todas direcciones.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —murmuró Jody para sí misma.
Nerviosa y temerosa, Jody redujo la distancia entre Byron y ella, estirando de
vez en cuando la mano para sujetarse de uno de los bordecillos de la chaqueta de él y
evitar separarse demasiado.
A pesar de haber caminado por varias calles durante un rato, ninguno de los
dos se percató de la presencia de algún demonio, ni siquiera de un gato solitario que
deambulara por los callejones oscuros de la zona. La ciudad parecía vacía y el
silencio resultaba inquietante. Aunque aquella situación parecía favorable para
cualquiera, el ceño fruncido y la mirada seria de Byron le hicieron saber a Jody que
todo era diferente.
Para calmar su temor e incertidumbre, Jody se animó a conversar un poco con
Byron.
—Esas balas que utilizan ustedes, los Cazadores… Mi padre me dijo una vez
que son las únicas capaces de hacer daño a los demonios. ¿Cómo logran hacer eso?
—Eso es porque las personas que crean estas balas utilizan un ingrediente
secreto, el único capaz de herir o matar a un demonio —contestó Byron, sin dejar
de observar a su alrededor.
—¿Y cuál es ese ingrediente secreto? —preguntó Jody, curiosa.
—El propio corazón de los demonios —respondió Byron sin titubeos—.
Aunque yo prefiero llamarlo solo “un pedazo de carbón llamativo”.
—¿Te refieres a esa cosa que recogiste de entre sus cenizas?
—Correcto —afirmó Byron—. Lo único capaz de matar a un demonio es
solo otro demonio. Cuando un demonio muere, su cuerpo se convierte en cenizas,
o, como muchos lo llaman, arena negra. Pero solo su corazón se conserva como un
trozo de carbón de color rojizo. Los que fabrican las municiones muelen los
corazones de los demonios y los convierten en polvo. Y este polvo se introduce
dentro de los cartuchos de las balas, mayormente expansivas; funciona como la
misma pólvora y le agrega la capacidad de aniquilar a un demonio cuando impacta
y explota en sus órganos vitales, como el corazón o el cerebro.
—Pero… si su cerebro también es un órgano vital para ellos, como el
corazón, ¿por qué este no se conserva? —le preguntó Jody, aún más curiosa.
—Hay una teoría que sostiene que, cuando un ser humano se convierte en
un demonio tras su muerte, su corazón es el único que retiene un poco de su
“esencia” o “alma humana”, lo que lo hace ajeno a su nuevo cuerpo demoníaco. A
diferencia de este, no se transforma en ceniza cuando es aniquilado.
—Qué teoría tan interesante… —dijo Jody, algo incrédula—. ¿Alguien
cercano a ti te la contó? —añadió.
—No, solo la escuché por ahí. Son relatos de Cazadores que se oyen cuando
viajas de un lugar a otro —contestó Byron.
—¿Entonces eres un Cazador solitario? Creí que los Cazadores preferían
viajar en grupo. ¿O perdiste alguna vez a tus compañeros y por eso decidiste ir
solo?
—Me gusta viajar solo. Trabajo mejor así.
Antes de que Jody abriera la boca para comentar algo, Byron se detuvo
repentinamente.
—Esta es la avenida Harrison —informó a Jody—. Debemos estar más
atentos… Todo este silencio y tranquilidad me pone nervioso.
—¿Crees que podría ser una trampa? —le preguntó Jody, preocupada—.
Pero se supone que el mensaje que envié al amigo de mi padre estaba encriptado.
¿Piensas que, aun así, alguien pudo interceptarlo?
—Tal vez solo esté exagerando. Parece una tontería que los demonios
hayan desaparecido de la ciudad solo para tenderle una trampa a una chica como
tú…
—Sí, tienes razón. Parece una tontería…
Byron dobló una esquina y le indicó a Jody.
—Es ese lugar de allá. La dirección que buscas. No veo a nadie afuera o
cerca de allí.
Jody asomó la cabeza y observó aquel lugar. A simple vista, parecía un
almacén descuidado, mohoso y con varios derrumbes al frente que dificultaban
distinguir su antiguo uso.
—Si nos quedamos aquí, podría ser más peligroso —dijo Jody,
apresurándose hacia el lugar—. Debemos encontrar otra entrada distinta a la
principal. Siempre la hay…
—Espera, no te alejes así —le regañó Byron, mientras se apresuraba para
alcanzarla.
—Mi padre siempre fue hábil para encontrar entradas ocultas a los ojos de
cualquiera, y me enseñó a hacerlo —le aseguró. Jody se acercó a uno de los
costados del edificio y comenzó a buscar en el suelo—. Ayúdame a encontrar
alguna rendija, alcantarilla o algo que parezca… —le dijo, apenas.
—¿Fuera de lo común? —completó Byron. Sus ojos se habían detenido justo
frente a una pequeña palanca blanca que sobresalía en el suelo, al lado de un cesto
de basura metálico volcado—. Y, por lo que veo, parece que alguien ya la ha
encontrado antes que nosotros —añadió.
—¿Crees que George ya se encuentra adentro esperándonos? —le preguntó
a Byron. Realmente esperaba que el antiguo amigo de su padre estuviese allí, a
salvo. Pero ¿y si lo que le esperaba allí adentro se había convertido en solo una
trampa? Pensó con nerviosismo.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Byron.
Decidido a acabar de una vez por todas con toda aquella extraña intriga, giró
la palanca y levantó una gruesa y pesada puertecilla de cemento muy bien camuflada
en el suelo. Debajo, solo había un oscuro pozo, del cual apenas podía distinguirse un
par de escaleras metálicas cerca de la superficie.
Sin saber qué le esperaba allá abajo, Byron bajó de un salto, seguido luego por
Jody, quien rehusó quedarse arriba a solas; una acción de la que de inmediato se
arrepintió, pues, en lugar de bajar las escaleras como debía ser, saltó hasta el fondo
imitando a Byron y, por supuesto, tal arrebato le costó una ligera pero dolorosa
torcedura en el tobillo al aterrizar mal.
—¿Estás bien? —le preguntó Byron a Jody cuando escuchó salir un breve
gemido de su boca.
—E-estoy bien… Sigamos.
—Mantente cerca de mí —le aconsejó Byron. Encendió la pequeña
linternilla de su arma y la oscuridad del lugar se iluminó un poco.
—Buscaré un interruptor en la pared —le dijo Jody a Byron—. Debe haber
uno cerca… ¡Bingo! Aquí está —exclamó, accionando un interruptor en la pared.
De repente, varias lámparas sobre sus cabezas se encendieron e iluminaron
hasta el último rincón del lugar con una intensa luz blanca. A simple vista, ambos se
dieron cuenta de que no había nadie allí.
El lugar parecía un extraño laboratorio clandestino de cuatro paredes,
demasiado espacioso para ser un pequeño sótano. Estaba lleno de instrumentos y
circuitería extravagantes, cuyo funcionamiento resultaba complicado de entender.
Había dos monitores sobre un escritorio largo, un colchón con algunas sábanas en
una esquina, una silla, un extintor, cables, un montón de papeles tirados en el suelo y
otros más pegados con cinta o tachuelas en las paredes.
—¿Qué es todo esto? —se preguntó Byron, sorprendido—. Parece el lugar
de operaciones de un científico loco, sin ofender —agregó.
—Esta es la letra de mi padre… en todos estos papeles —dijo Jody,
desconcertada, mientras tomaba y examinaba uno de los muchos documentos
sobre el escritorio. Al parecer, estaban escritos en un lenguaje que parecía
encriptado y extraordinariamente difícil de entender para ella—. Todo esto parece
ser uno de sus lugares de trabajo…
—Aún no puedo comprender cómo la gente ha podido construir este tipo de
lugares; parecen sacados de una película de ciencia ficción… —Byron habló fuera
de sus pensamientos, observando todos aquellos aparatos en el suelo y sobre
diversas repisas, tratando de entender el lugar en el que se encontraba.
Con la intención de aclarar sus dudas, Jody le respondió:
—Mi padre me contó que, durante la Guerra Mundial del año 2032, mucha
gente construyó este tipo de lugares para protegerse de un posible ataque nuclear.
Se construyeron diversos refugios subterráneos, unos más profundos, grandes y
sofisticados que otros, capaces de almacenar todo tipo de víveres y funcionar por
muchos años con energía para sus ocupantes, gracias al uso de las baterías de
Boritio. Pero nadie imaginó que, varios años después, la gente los utilizaría para
algo mucho peor —dijo con desagrado—. Me sorprende que un hombre como tú
no sepa algo como eso —terminó diciendo, mientras observaba a Byron con cierta
extrañeza.
—Siempre me saltaba las clases de historia —contestó Byron, como si
aquello realmente no le importase.
Jody sonrió, pues, debido a las palabras de Byron, a su mente vinieron los
relatos contados por su padre acerca de la vida estudiantil de la “Antigua Sociedad”,
como ella y los más jóvenes solían describir los acontecimientos sucedidos antes de la
llegada de los demonios a la Tierra. Una vida de la que seguramente Byron pudo
gozar en su infancia y recordar hasta ahora; cosas que ella solo podía imaginar en su
cabeza.
Repentinamente, sus pensamientos se vieron distraídos por un inusual rayo de
luz —aún más intenso que el de la propia habitación— que se reflejaba en el azulejo
del piso, a un costado de un estante lleno de cables y circuitería, y el cual parecía
haber sido movido y regresado a su lugar original. Tal hecho fue deducido con
facilidad por Jody, al percatarse del surco de polvo costroso —antes estancado—
debajo de las patas del estante, visiblemente removido.
Sin pensarlo dos veces, Jody se quitó la gran mochila que llevaba en su
espalda, se acercó y comenzó a mover el pesado estante con dificultad.
—¿Qué haces? —Byron le preguntó al observar lo que hacía—. Te
lastimarás si sigues haciendo eso tú sola —añadió con cierta molestia.
No obstante, Byron detuvo sus palabras al observar cómo una puerta oculta
se abría justo detrás del estante, el cual no solo cubría aquella puerta por completo,
sino que incluso le servía como “soporte” para mantenerse cerrada.
Cuando la puerta estuvo lo suficientemente abierta para que el cuerpo de Jody
pudiese entrar a lo que parecía ser una habitación contigua y secreta, esta ingresó al
otro lado sin pensarlo, atraída por una especie de sentimiento inexplicable.
—¡No entres! ¡No sabes lo que puede haber allí dentro! —exclamó Byron
con preocupación.
Sin pensarlo, se apresuró y movió el estante lo suficiente para que la puerta
que reposaba sobre este se abriera por completo.
Cuando entró en la habitación angosta, apuntó con su pistola a cualquier
amenaza que pudiera estar esperándolo. Adentro, solo observó a Jody, con la mirada
fija en lo que parecía ser un extraño ataúd de cristal, como él mismo lo describió en
su mente.
Byron bajó su pistola, pero se acercó cauteloso para ver. Para su sorpresa,
dentro de aquel ataúd de cristal, encontró a un hombre acostado.
El extraño era asombrosamente llamativo. Su rostro tenía rasgos finos y
hermosos, nariz respingada y labios pequeños pero encantadores; era de tez pálida
—tan blanca como la porcelana y visiblemente tersa—, de estatura un poco más alta
que el promedio de un hombre, y su cabello castaño estaba cortado en una melena
corta. Tenía los ojos cerrados, asemejándose a un hombre que solo dormía
plácidamente, o quizás no.
Sin embargo, todo lo descrito sobre su físico, e incluso las ropas blancas y
extrañas que vestía, no fue lo que realmente llamó la atención de Byron, sino aquella
inexplicable luz blanca que el cuerpo del hombre irradiaba, como una luciérnaga en
el crepúsculo.
—¿Q-quién o qué es él? —le preguntó Jody a Byron, con una expresión
indescifrable en su rostro.
—Es… un ángel —contestó Byron, sin poder creer lo que sus propios ojos
contemplaban.

